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BENDITO SEA EL ERROR

Iván Mazo Mejía

 
 
Detestamos la pobreza y
todo lo que amenaza el bienestar.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

riqueza

El equivocarse genera deseos de intentarlo nuevamente.
Sí leyó bien, bendito sea el error, el que es motor del aprendizaje, el que nos genera una fuerza interior arrasadora para volver a intentarlo de nuevo aunque volvamos a fallar. Amo el error porque templa el carácter, disciplina la persistencia, entrena la capacidad de riesgo y el atrevimiento le pone alas. El error nos doblega el ego porque le recuerda a la mente que no es tan infalible ni perfecta como nuestro soberbio grado de experticia y conocimiento le ha hecho creer.
Tampoco nos permite dejarnos dormir sobre los laureles de los logros que nos otorgan la admiración y los aplausos. El error nos hace caer en cuenta de que somos vulnerables y eso nos vuelve humildes.
El error es fuente inagotable para desarrollar el espíritu investigativo y cada vez que cometemos uno nos acercamos con mayor propiedad al acierto. Esa fue la gran enseñanza que nos dejó Thomas Alba Edison cuando expresó que era imposible abandonar la invención de la bombilla después de 5000 intentos fallidos. El error es el gran capital con que cuenta quien se empeña en las grandes realizaciones, por eso mientras mayor sea tu obsesión por alcanzar esa lejana estrella con que sueñas, con más frecuencia tendrás que ponerle la cara a la adversidad y el alma al fracaso. El presidente de Nestlé Europa decía, “estoy orgulloso de los errores excelente que he cometido en mi vida, un error excelente es el que me permite aprender”.
Quien aprecia el valor del error sabe que el fracaso es la primera etapa del logro; que la frustración es una invitada necesaria pero pasajera, que cada caída fortalece la autoestima, que siempre se puede abandonar en cualquier momento, por lo tanto no vale la pena hacerlo ahora.
Cuando valoramos el error el miedo se vuelve un cobarde y la amenazante parálisis pierde su fuerza malévola e hipnotizante. En suma, perder el miedo al error es la clave fundamental y necesaria para llevar a cabo la utopía que ningún otro se ha atrevido a imaginar.
Por supuesto que no me refiero al error repetitivo que es la expresión viva de la torpeza, la negligencia y la ausencia de un compromiso personal genuino con la calidad. Quienes no tienen ninguna vergüenza personal frente al error repetitivo mantienen a flor de piel una justificación que casi siempre empieza con la expresión “que pena” o “disculpe”. Recuerdo a un eminente amigo que con mucha frecuencia me decía que Colombia progresaría enormemente el día que a la gente le dejara de dar tanta pena. Las personas que valoran el error destierran de sus vidas las justificaciones y todo tipo de explicaciones que la mente mantiene almacenadas y listas para disculpar la torpeza.
Lástima que para nuestra cultura empresarial y de vida el error sea un enemigo vergonzante, una lacra despreciable que hay que exterminar a toda costa. Es casi general que los empleados y los hijos escondan los errores por miedo al castigo y al lastre que se queda arrastrando.
Rehuirle al error es la mejor manera de castrar la creatividad y ponerle una barrera blindada a la iniciativa. Quien le teme a los grandes errores no puede incurrir en grandes aciertos y tendrá que resignarse a llevar una vida intrascendente carente de emoción en medio de su propia pequeñez.
Aún nos falta hacernos algunas preguntas clave ¿por qué le tenemos tanto miedo al error? ¿Por qué el error es causa de vergüenza? ¿Hay algún responsable histórico directo de semejante atropello a la inteligencia? La respuesta es un contundente sí: el modelo educativo perverso en que fuimos educados y en el que todavía estamos educando a nuestros hijos. Un modelo educativo que tiene una noción empobrecida de lo que es aprender pues lo confunde con memorizar.
Un modelo obtuso según el cual los profesores son los dueños del saber y los alumnos simples recipientes pasivos. Un modelo que no fomenta la especulación, que castiga la duda, que fomenta la calificación por medio de respuestas correctas previamente definidas por el supuesto dueño del conocimiento. Un modelo que anula el pensar y para el que el disentir siempre ha sido un pecado capital.
Pasa el tiempo y llegamos a la empresa donde se repite exactamente el mismo modelo estúpido de la escuela. Los jefes son los dueños del saber y los empleados unos simples moldes construidos según las instrucciones detalladas de esas jerarquías para las que disentir, contrariar, confrontar y cuestionar puede convertirse en la guillotina implacable de la supervivencia laboral del empleado. Después de todo, los pensadores siempre han sido perseguidos por atreverse a poner en tela de juicio la mediocridad que prevalece en el sistema. ¿Si nunca se nos formó en el respeto por el error como medio necesario de aprendizaje, cómo pretender que seamos atrevidos, arriesgados y sados a la hora de comprometernos con decisiones que valgan la pena?

Iván Mazo Mejía
Especialista en Mercadeo y Desarrollo Gerencial
Consultor y Asesor Empresarial
www.ivanmazo.com

   

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