Detestamos la pobreza y
todo lo que amenaza el bienestar.
El equivocarse genera deseos de intentarlo nuevamente.
Sí leyó bien, bendito sea el error, el que es motor del aprendizaje, el
que nos genera una fuerza interior arrasadora para volver a intentarlo
de nuevo aunque volvamos a fallar. Amo el error porque templa el
carácter, disciplina la persistencia, entrena la capacidad de riesgo y el
atrevimiento le pone alas. El error nos doblega el ego porque le
recuerda a la mente que no es tan infalible ni perfecta como nuestro
soberbio grado de experticia y conocimiento le ha hecho creer.
Tampoco nos permite dejarnos dormir sobre los laureles de los logros
que nos otorgan la admiración y los aplausos. El error nos hace caer en
cuenta de que somos vulnerables y eso nos vuelve humildes.
El error es fuente inagotable para desarrollar el espíritu investigativo y
cada vez que cometemos uno nos acercamos con mayor propiedad al
acierto. Esa fue la gran enseñanza que nos dejó Thomas Alba Edison
cuando expresó que era imposible abandonar la invención de la
bombilla después de 5000 intentos fallidos. El error es el gran capital
con que cuenta quien se empeña en las grandes realizaciones, por eso
mientras mayor sea tu obsesión por alcanzar esa lejana estrella con
que sueñas, con más frecuencia tendrás que ponerle la cara a la
adversidad y el alma al fracaso. El presidente de Nestlé Europa decía,
“estoy orgulloso de los errores excelente que he cometido en mi vida,
un error excelente es el que me permite aprender”.
Quien aprecia el valor del error sabe que el fracaso es la primera
etapa del logro; que la frustración es una invitada necesaria pero
pasajera, que cada caída fortalece la autoestima, que siempre se
puede abandonar en cualquier momento, por lo tanto no vale la pena
hacerlo ahora.
Cuando valoramos el error el miedo se vuelve un cobarde y la
amenazante parálisis pierde su fuerza malévola e hipnotizante. En
suma, perder el miedo al error es la clave fundamental y necesaria
para llevar a cabo la utopía que ningún otro se ha atrevido a imaginar.
Por supuesto que no me refiero al error repetitivo que es la expresión
viva de la torpeza, la negligencia y la ausencia de un compromiso
personal genuino con la calidad. Quienes no tienen ninguna vergüenza
personal frente al error repetitivo mantienen a flor de piel una
justificación que casi siempre empieza con la expresión “que pena” o
“disculpe”. Recuerdo a un eminente amigo que con mucha frecuencia
me decía que Colombia progresaría enormemente el día que a la gente
le dejara de dar tanta pena. Las personas que valoran el error
destierran de sus vidas las justificaciones y todo tipo de explicaciones
que la mente mantiene almacenadas y listas para disculpar la torpeza.
Lástima que para nuestra cultura empresarial y de vida el error sea un
enemigo vergonzante, una lacra despreciable que hay que exterminar
a toda costa. Es casi general que los empleados y los hijos escondan
los errores por miedo al castigo y al lastre que se queda arrastrando.
Rehuirle al error es la mejor manera de castrar la creatividad y
ponerle una barrera blindada a la iniciativa. Quien le teme a los
grandes errores no puede incurrir en grandes aciertos y tendrá que
resignarse a llevar una vida intrascendente carente de emoción en
medio de su propia pequeñez.
Aún nos falta hacernos algunas preguntas clave ¿por qué le tenemos
tanto miedo al error? ¿Por qué el error es causa de vergüenza? ¿Hay
algún responsable histórico directo de semejante atropello a la
inteligencia? La respuesta es un contundente sí: el modelo educativo
perverso en que fuimos educados y en el que todavía estamos
educando a nuestros hijos. Un modelo educativo que tiene una noción
empobrecida de lo que es aprender pues lo confunde con memorizar.
Un modelo obtuso según el cual los profesores son los dueños del saber
y los alumnos simples recipientes pasivos. Un modelo que no fomenta
la especulación, que castiga la duda, que fomenta la calificación por
medio de respuestas correctas previamente definidas por el supuesto
dueño del conocimiento. Un modelo que anula el pensar y para el que
el disentir siempre ha sido un pecado capital.
Pasa el tiempo y llegamos a la empresa donde se repite exactamente
el mismo modelo estúpido de la escuela. Los jefes son los dueños del
saber y los empleados unos simples moldes construidos según las
instrucciones detalladas de esas jerarquías para las que disentir,
contrariar, confrontar y cuestionar puede convertirse en la guillotina
implacable de la supervivencia laboral del empleado. Después de todo,
los pensadores siempre han sido perseguidos por atreverse a poner en
tela de juicio la mediocridad que prevalece en el sistema. ¿Si nunca se
nos formó en el respeto por el error como medio necesario de
aprendizaje, cómo pretender que seamos atrevidos, arriesgados y
sados a la hora de comprometernos con decisiones que valgan la pena?